3. Curso de signos para bebés

Te gustaría saber qué piensa tu bebé?
¿Te ha ocurrido alguna vez que tu bebé llora y llora y por muchas cosas que pruebas no logras saber lo qué le pasa?
En esos momentos de frustración te encantaría que pudiera hablar para explicarte lo que necesita y poder calmarle cuanto antes, ¿verdad?

Los bebés nacen con el deseo de comunicarse, ¡y pueden hacerlo con sus manitas!

En este curso aprenderás de la mano de Miriam Escacena, instructora certificada que ha formado a multitud de familias tanto en cursos presenciales como online a familias de diversos países del mundo.
Ella misma descubrió los signos para bebés con su propia hija y ahora se dedica a enseñar la técnica tanto a familias como a profesionales y a escuelas infantiles.

Dicen que hacen falta 21 días para crear un hábito, ¡es justo lo que dura este curso! El formato es totalmente online, tendrás acceso a una plataforma donde se encuentran todas las lecciones, vídeos de cómo hacer los signos, así como canciones en inglés y en español para practicar con tu pequeño, ¡la forma más divertida de aprender! Podrás seguir las lecciones desde casa y a tu ritmo, sin necesidad de comprarte un libro, de forma acompañada y compartiendo tus dudas y avances en un grupo privado de Facebook durante las tres semanas que dura el curso.
Te enseñaremos un mundo maravilloso en el que vas a lograr una comunicación temprana que a la vez refuerza el vínculo, la complicidad y los lazos de unión en la familia… cuando lo experimentes solo te preguntarás por qué no lo has probado antes… ¿Te animas a probar?
CURSO ONLINE DE 21 DÍAS DE DURACIÓN
FECHA DE INICIO: 12 de DICIEMBRE del 2016
Más información y reservas:
cris@lardamma.com
tanyalardamma@gmail.com
¡Reserva este curso a través de lardamma.com y te regalamos el ebook 


Patrones de sueño típicos de un recién nacido

*Duermen entre 16-17 horas al día en tandas de 3-4 horas cada vez durante las primeras semanas de vida.

*Los bebés pasan mucho más tiempo en sueño REM (es cuando vemos movimientos oculares rápidos) Durante éste periodo se fijan los conocimientos aprendidos durante el día y se realizan las conexiones necesarias para el buen funcionamiento del mismo. Por eso es tan importante dejarlos dormir el tiempo que haga falta. Lo malo es en ésta etapa es más Fácil que se despierte.

CONSEJO:Algo que seguro que oyes mucho, aprovecha y duerme cuando tu bebé lo haga, ésta etapa es muy cansada y te ayudará descansar lo máximo.

 

  • A partir de las 6-8 semanas, los bebés empiezan a regular sus hábitos de sueño (un poquito), y duermen algo menos de día y alargan sus horas de sueño de noche. Sus fases de sueño profundo se alargan.
  • A medida que vaya creciendo irá alargando esos periodos de sueño profundo, cada niño es diferente y tiene su manera de adaptarse al mundo, así que no te preocupes si ves que el tuyo no cumple a rajatabla los estándares.

¿Puedo empezar a establecer rutinas?

Aprende las señales que indican que necesita dormir.

* Lo normal es que no aguante más de dos o tres horas despierto

*Es mejor no esperar hasta que empiece a llorar o se ponga muy nervioso, ya que le será más difícil dormirse.

*¿Bosteza?, ¿se frota los ojos?, ¿te busca el pecho?, ¿frota su carita contra un manta o muñequito?… suelen ser señales que revelan su cansancio, no te preocupes, en poco tiempo sabrás diferenciar perfectamente cuando está cansado.

*Puedes empezar a diferenciar el día de la noche con algunos gestos, por ejemplo:

-Mantén las persianas subidas durante las siestas diarias, no bajes el volumen o lo mantengas en completo silencio, puedes costarlo en el sofá contigo o dormirlo en la mochila ergonómica si lo prefieres tener contigo.
-Los bebés que están pegados a la madre/padre durante el día con la mochila/fular/bandolera, duermen más, lloran menos y tienen menos cólicos.

CONSEJO: El libro de Rosa Jové – Dormir sin lágrimas. Lectura imprescindible para entender todos estos cambios

Con un mes, suelen dormir un total de 15-16 horas diarias, repartidas entre el sueño nocturno (8-10 horas) y unas 3 siestas diurnas (6-7 horas).

 

Fuente: Felices Sueños, Elizabeth Pantley, Ed. Mc Graw Hill

#stopniñofobia

#stopniñofobia
Salgo a la calle con el mayor de la mano y la pequeña en la mochila, me dirijo al super, y de camino me cruzo a mucha gente,unos me miran con cara de pena, otros de ternura, y otros claramente como si en vez de una niña en una mochila llevara arrastrando una bola de demolición atada a una caden. 
Respiro hondo porque es el primero que veo, me cuesta no decir nada, porque cuando parí a mi hijo el mayor,  creo que perdí la vergüenza, y soy de palabra fácil.  
Llego al super y aguanto los comentarios diarios de la gente :
-¿No te pesa mucho?
-¿No es grande para llevarla ahí? 
-¿No te molesta para hacer la compra?
-¿No podrías dejarla con alguien?
No señores y señoras, no me molestan mis hijos ni para andar, ni para comprar, ni para vivir. Otra cosa es que les molesten a ustedes,  eso es casi lo más seguro, porque mis hijos no están callados cómo muertos, ni van vestidos de punta en blanco, ni van pegados a mi cómo lapas sin moverse.  
Mis hijos tienen libertad de movimiento, de pensamiento y de acción y eso molesta a muchísimas personas. 
Es como si la gente se olvidara de que las personas nacemos y somos bebés,  después niños,y luego adolescentes…  Señores, no nacemos con carrera y un manual de protocolo descargado en el cerebro. Alomejor lo que le gustaría a más de uno/a es que los niños estuvieran encerrados en casa hasta que tengan 20 Años, que nunca viajaran en un medio de transporte,  o fueran a ningún evento, o acompañaran a comprar a los padres,  o simplemente que respiraran.
Pues voy a darles una noticia,  las cosas están cambiando,  y por suerte cada vez hay más padres/madres concienciados en el tema de la libertad infantil,  personas que no quieren limitar a sus hijos y convertirlos en robots obedientes y sin personalidad,  menos mal.
La próxima vez que alguien me mire mal cuando mi hija llore, en la cola del super por ejemplo,  le pienso decir que si quiere me haga una foto, que durará más tiempo. 

Ciberdesconfiada

Lo confieso, soy una ciberdesconfiada. No pongo foto de perfil en redes sociales, no doy mi nombre real y toda la “información” que aparece sobre mí es que soy mujer. Tampoco dejo a mi hijo mayor poner su nombre real, ni si foto, ni ningún tipo de dato en modo público, y reviso periódicamente su lista de contactos para verificar que son todos conocidos. No me gusta nada que cualquiera pueda meter su nombre en el buscador y contactar con él, porque yo ya no controlo todo lo que hace, todos los sitos donde va ni todo el mundo con el que habla.

Lo que no me importa, de momento, incluso me gusta, es mostrar a mi bebé. Por supuesto, con las debidas precauciones: no subo fotos de ella desnuda, ni fotos que pudieran avergonzarle, ni pongo su nombre, ni muestro nada que pueda dar pistas sobre nuestra dirección, etc. Y es que soy desconfiada, pero no paranoica: No salgo a la calle con un burka para prevenir que alguien pueda mirarme lascivamente, le doy tortitas de arroz sin sal a mi hija aunque ponga que contiene 0,004 gr. de sal y, cuando me llaman por teléfono desde un número que no conozco, hago la locura de contestar a ver quién es.

No entiendo cuál es el riesgo de subir una foto o un video bonito de mi niña a la red. ¿Que a algún enfermo le de por hacerse pajas con 20 segundos de un bebé perfectamente vestido desayunando cereales? En ese caso el problema lo tiene él, no yo, y no quiero dejar de hacer lo que me de la gana, condicionada por un riesgo que solo existe en mi cabeza.

Violencia

Últimamente se ha hablado mucho en el grupo de violencia obstétrica refiriéndose a partos dirigidos, cesáreas, episiotomías, desgarros… Yo hoy quiero hablar de un tipo de violencia obstétrica (no estoy segura de si se le puede llamar así) un poco más sutil pero que a mí personalmente me dejó muy marcada con mi primer hijo: la violencia psicológica `por parte de los profesionales.

La primera conversación que tuve en mi vida con una matrona fue así:

-Ella: Cuéntame (sin haberme mirado a la cara desde que entré por la puerta).
-Yo: Pues que estoy embarazada, me ha remitido aquí el médico de cabecera.
-Ella, levantando la cabeza por primera vez para mirarme por encima de las gafas, en un tono más bien despectivo: ¿Pero tú cuántos años tienes?

Empezamos bien… Y las siguientes visitas no fueron mejores. Era cerrar la puerta de la consulta y quedarnos solas, y ella ponía su mejor cara de culo. Una de las frases recurrentes con las que me solía recibir y que más me repateaba era: “¿Otra vez vienes sola?”. No quería decirle, porque en el fondo le tenía miedo, que sí, que venía sola porque estaba sola. Suena absurdo pero entonces me sentía muy, muy vulnerable.

No fui a una sola clase de preparación al parto para no tener que verle el careto.

El día del parto rompí aguas en casa, y recuerdo que mientras me duchaba y preparaba las cosas tranquilamente para ir al hospital, me venía la cabeza continuamente que ya solo me quedaba una visita con ella y dejaría de verla para siempre (entonces te mandaban a la matrona cinco días después de parir para quitarte los puntos, porque la episiotomía era un procedimiento rutinario). Con lo que no contaba era con que en el hospital me iba a encontrar a más de lo mismo: Llegué a las 2 de la mañana y me recibieron dos señoritas con cara de sueño. No sé si eran matronas, enfermeras o señoras de la limpieza porque no dijeron ni hola. Solo “siéntate ahí y abre las piernas”. Sin avisar metieron la mano, sin avisar me rasuraron y sin avisar me pusieron un enema que me dio un susto de que te cagas (nunca mejor dicho). Me dijeron que aguantara todo lo que pudiera y que después, ahí tenía el wáter. Cagué delante de ellas mientras hablaban de sus cosas y después me ataron a una camilla con monitores y desaparecieron. Solo entraron una sola vez a dejar a otra chica al lado mío, que pedía a gritos que le dejaran entrar a su marido mientras ellas la ignoraban, y aprovecharon para ponerme oxitocina. A la media hora apareció el marido. Yo había estado sobrellevando la situación más o menos bien hasta que apareció esta mujer chillando y retorciéndose de dolor. No era culpa suya, pobre, pero me puso muy nerviosa.

A las 5:30 llamé a la enfermera a gritos porque quería soltarme para ir al baño. Ella apareció, volvió a meter la mano y me dijo que no era caca, que era la cabeza. Me llevaron al paritorio y allí había una tercera chica que fue la que atendió el parto (las otras eran como sus auxiliares). Era una mujer rubia, con pecas, maquillada y con joyas. Me pareció una imagen totalmente fuera de lugar en ese momento. Resultó no ser mucho más simpática que las otras. “Buf, te has quejado demasiado pronto”, “Estate quieta, ya sabemos que duele”, etc. La cosa se resolvió con una episiotomía de 25 puntos. Salió mi hijo, le pusieron boca abajo, le empezaron a hacer cosas y, en un momento dado, me lo pusieron al lado. Me dio la sensación de todo era un teatro y de que me estaban enseñando un muñeco pringoso con un cable de teléfono antiguo que le salía del ombligo. Alargué la mano hacia él y me dijeron “¡No le toques!”, así que retiré la mano de un respingo, asustada, y se lo llevaron.

Recuerdo poco más de las siguientes dos horas. Creo que me dormí hasta que aparecieron dos chicas para subirme a la habitación y me despertaron a la voz de “¡Uuuuhhhh, vamos a limpiar un poco toda esta sangre que da mucha impresión subirla así a planta!”. Me subieron a la habitación, se fueron, me asomé a la cuna y estaba vacía. Le pregunté a la chica de la cama de al lado y me dijo que ahora me traerían al bebé, que por lo visto era normal y que a ella, que le habían hecho cesárea, no se lo habían dado hasta 7 horas después.

Al rato apareció una chica por fin con mi hijo en brazos, pero lo dejó en la cuna y se puso a contarme las normas (horarios para ir a las duchas, que entonces no había una en cada habitación, si quería biberones o le iba a dar teta, si quería analgésicos, etc.). Yo le iba diciendo a todo que sí mientras trataba de llegar a la cuna para asomarme al menos, pero no puedo verle (y cogerle) hasta que se fue.

Hablando con amigas mías a lo largo de estos años, me he dado cuenta de que no soy la única que se sintió mal tratada. Mi amiga Adela me contaba que se quejó en el parto del trato que estaba recibiendo y que su matrona le dijo algo así como que si se pensaba que ella era especial, que todos los días hay partos y que estaban siguiendo el protocolo de rutina. Mi amiga Mar, más de 20 años después de parir, aún sigue en juicios con el hospital por la discapacidad de casi el 90% que tiene su hija por falta de oxígeno debido, supuestamente, a una negligencia. A mi amiga Rocío, en si tercer embarazo después de dos abortos, le dijo su matrona que para qué seguía intentándolo a su edad. Etc.

Con esto no quiero asustar a nadie. Afortunadamente, las cosas están cambiando muchísimo. Parece que se está tomando conciencia, no sé si a base de denuncias o simplemente de sentido común, que aunque para los profesionales del materno un parto sea una rutina, para la otra parte es el acontecimiento más importante de su vida, y que habrá madres más preparadas para ese momento, otras más histéricas, pero que en ningún caso, nadie debería creerse con el derecho a convertir ese momento especial en algo traumático.

HACE AÑOS QUE DEJAMOS DE SER VUESTROS JARRONES

Hay quien aún no está en este siglo, y sigue esperando que actuemos como en la época en la que hombres y mujeres, debíamos tolerar lo intolerable por no romper la unidad familiar. Para algunos la familia sigue siendo el estamento que la santa madre iglesia impone, despreciando, criminalizando y lanzando dardos a los que, por desgracia, nos hemos visto obligados a romper la pareja o enfrentamos la maternidad o paternidad en solitario.
Me refiero al artículo publicado en el panfleto derechista casposo ABC. En dicho pedestal adoctrinador de la derecha española han publicado un artículo que en primera instancia tenía dicho título:
“La culpa de que el hombre no se implique en las tareas del hogar ni en el cuidado de los hijos es de la mujer”
Se quedaron tan anchos, pero para esta publicación es normal, y positivo, criminalizar a la mujer de todo, son unos machistas de tomo y lomo. Nosotras con delantal y sirviendo la mesa, al margen del paritorio, es donde mejor estamos.
Luego, tras el revuelo, cambiaron el título:
El gran reto de la mujer hoy “ubicarse en el papel de educador de los hijos”
Y también se quedaron tan anchos.
Habría que decirles a estos ultraderechistas acomplejados, que las mujeres hace mucho que dejamos de ser jarrones a los que hay que colocar aquí o allí según guste más al dueño. También que la esclavitud es un delito, y que las únicas cadenas que se le pueden poner a una mujer son las que ella desee ponerse como adorno…Ni tenemos dueño, ni somos jarrones.
Defiendo mi papel de madre porque yo lo he decidido y siento esa necesidad, por ello no soy machista como me califican las feministas. Entiendo que hoy en día la maternidad, tal y como yo la entiendo corre un serio peligro, igual que el derecho femenino de disfrutarla plenamente, pero de ahí a decirme que yo debo estar sólo educando, que mi papel es de “educador…”. Bueno, seré lo que me dé la gana ser ¿no? ¿O me van a atar a la pata de la mesa con el niño también atado a la otra? Y si me he tirado 5 años de mi vida estudiando ¿debo olvidar mi vocación profesional por obligación? Perdón…¿Franco a muerto y sigo en otro siglo o me teletransportaron? Tampoco soy feminista, yo los corrales los dejo para los gallos y las gallinas, y tampoco me gustan porque soy vegana…
Tanto padre como madre educamos, y siempre dentro del amor, el sano ejemplo, la armonía como pareja, como amigos y compañeros.
Tras esos maravillosos titulares del panfleto ABC, se publican los datos de un estudio realizado por The Family Wach: “La importancia de la figura paterna en la educación de los hijos: estabilidad familiar y desarrollo social” elaborado por María Calvo Charro, profesora titular de Derecho Administrativo de la Universidad Carlos III.
Ella segura que
“…los hombres no se involucran en los cuidados y las tareas del hogar porque las madres no se lo permiten.”
Esta señora, especializada en Derecho, no es psicología, y basa su estudio en un análisis realizado en la población de EEUU. También afirmar que, niños y niñas, no quieren colaborar en casa, no es cosa sólo de machos oiga…Si yo pudiera delegar tampoco fregaba, ¡mira por donde!
Es una defensora de los centros divididos por sexos, que, y según ella, en su totalidad están ligados a la Iglesia católica. María Calvo Charro, es también autora del libro “Los niños con los niños, las niñas con las niñas” (Editorial Almuzara).
Las principales organizaciones que manejan colegios diferenciados son el Opus Dei y Fomento Centros de Enseñanza, una organización muy cercana a dicha prelatura que maneja actualmente 35 escuelas, de las cuales, 14 tienen concierto y el resto son privadas. Creo que con este dato ya podemos ir conociendo los tintes evangelizadores u burgueses de esta señora, repito, experta en Derecho Administrativo…
Una mujer que en sus artículos pone como ejemplos a seguir la administración Bush o la de los Clinton(1), no puede tener un criterio positivo sobre la infancia, si contamos los muertos gracias a las guerras económicas emprendidas a manos de esos gobiernos, que aun sangran por cierto…
Cuando el Opus Dei(2) recomienda la lectura de sus libros, también podemos saber qué tipo de cosa es únicamente “la familia” para ella.
Afirma que “El gran énfasis que durante años se ha puesto en conseguir en la emancipación de la mujer ha provocado un fenómeno colateral con el que nadie contaba: un oscurecimiento de los masculino, cierta indiferencia, cuando no desprecio, hacia los varones y una inevitable relegación de éstos a un segundo plano.”
La emancipación femenina no ha oscurecido nada, ha sido una suerte de feminismo en concreto, también casposo y tan ultra como la derecha, que ha relegado al hombre dos pasos por detrás de la mujer en algunos aspectos, no todos.
Tal vez esta señora, que debe agradecer a las feministas que haya podido ejercer su carrera, y que no sé qué hace, que no ejerce su función educadora como mujer en casita…y que se dedica a dar charlas y escribir libros que producen el gustazo del machismo ablacionista, sólo desee explotar una cantera económica, el negocio vamos. Tal vez desee entrar en política, no sería la primera que escala puestos en partidos casposos con este tipo de discursos y que desde luego no debe tener más aspiración en la vida que la de segundona o felpudo.
El estudio del que aporta datos, realizado por The Family Watch, que consideran familia sólo la de pareja e hijos, nada de monoparentales, esas no son familias y que afirma en sus artículos que debemos evitar los divorcios, esperemos que no sea como en el siglo pasado que debías tragar si o si con lo que te tocaba, fueras hombres o mujer, con la desventaja femenina claro… Sólo viene a reforzar el discurso de la santa madre iglesia sobre la familia, lo que es la familia y que divorciarte es pecado mortal. Con las afirmaciones de esta santa señora, tan sólo se extiende la quema a los hijos fruto de los divorcios o madres solteras. ¿Qué culpa tienen los niños?
Según el estudio que abandera María Calvo Charro, repito, realizado en los EEUU, y que ella es defensora de la actuación de las administraciones conservadoras y católicas de dicho país, los hijos de los impuros matrimonios sin padre (nada dice de sin madre) están condenados a ser dementes, delincuentes, enfermos, y otras tantas desgracias sociales y familiares más, lo expreso de forma resumida y con mis palabras.
¿Todo hay que tragarlo con tal de dar padre y madre a un niño?
¿Admitimos a los maltratadores de cualquier sexo?
¿Admitimos borracheras?
¿Drogas?
¿Palizas y abusos al menor?
¿Desentendimiento de los deberes familiares?
¿No es preferible antes de que un niño crezca en ambientes de ese tipo, que la parte que falle, padre o madre, sea anulada?
Un niño no necesita un padre a toda costa, o que tu tengas que soportar un calvario para que tu hijo no acabe preso o en un psiquiátrico. Un niño necesita amor, amor entre sus padres, que si no existe, deberá ser sólo del que sea una buena influencia, sea hombre o mujer. ¿Hablamos de los hijos de maltratadores que reproducen la conducta del maltratador? Eso sí tenían figura paterna…
Mi padre es uno de mis iconos, por fortuna no me ha faltado ni fallado. Ama y respeta a mi madre, y a nosotros sus hijos, adora a sus nietos, a todos por igual, es honrado y trabajador, pero todos los padres no son así. A veces eliges mal, seas hombre o mujer. A veces es el otro el que te deja, a veces si sigues aguantando acabarás dejando huérfano de madre a tus hijos por ese estúpido dogma de que “hay que aguantar por los hijos” ¿Cuántas no pueden contarlo hoy? ¿Cuántos hoy callan y aguantan porque no les roben todo? Aunque esta señora olvide hablar de ello…¿O es que la mujer no cuenta? ¿Y el hombre que aguante?
 Un hombre que colabora en casa no es ni afeminado ni una “mamá-bis”, es un padre amoroso, respetuoso, es un Hombre sin complejos ni fajas franquistas, ni hipocresías americanizadas o eclesiásticas. Un papá que cría con apego y que trata con el mismo apego a su pareja.
Un padre a toda costa no nos vale, cualquier cosa como padre no es digna de ser titulada como tal. No admitimos pulpo como animal de compañía…No pedimos que el hombre sea mujer, queremos que sean hombres con apego, tal y como nosotras estamos retomando nuestro apego en la crianza robado por la carencia de conciliación real laboral y familiar, y la nula defensa de los derechos maternales en el terreno sindical.
Mamá es imprescindible, papá también, si no, no haríamos falta ambos para traerlos al mundo. Lo que garantiza que la unidad familiar de un correcto desarrollo al niño, no es que no se rompa ¡líbreme Dios! es que ésta esté basada en el amor, respeto, solidaridad, compañerismo…que padre y madre eduquen, porque la función educadora no es sólo de la madre ¡no nos deis toda la responsabilidad! Que luego sale mal y nos echáis toda la culpa…
No creo que vea el día en el que la iglesia, la caspa, y la ultra de derecha e izquierda dejen vivir en paz a los que entendemos sólo de justicia, pero sueño con que mis hijos, varones y hembras, sí que vean un poco…
Asegura una buena educación, unos valores positivos, mucho amor y confianza en sí mismo, no cerques a tu hijo en un redil como hacen con los borregos…

Mayka Martín

Derechos del niño

Ayer, en el telediario de Telecinco, hicieron un minireportaje sobre la valoración social del maltrato infantil a cuento de no sé qué suceso. Digo que no sé a cuento de qué porque no estaba atenta hasta que una frase me llamó la atención. Era una mujer a la que le habían parado para preguntarle y su respuesta fue: “De toda la vida nos han dado cachetes y ha pasado nada”. La verdad es que me quedé bastante horrorizada. No soy partidaria de la censura pero, ¿¿¿eso se puede decir en la tele??? Está claro que todavía queda muuuuucho por hacer.

El castigo físico, incluso el más leve, está prohibido en España desde el año 2.007, pero mucha gente no parece haberse enterado. Bastante escandaloso me resulta que sea necesario recordar por televisión que está prohibido por ley y que la gran mayoría de la gente en la calle no lo supiera e incluso le sorprendiera. Había quien se quejaba de que quitaba autoridad a los padres. ¿¿¿Pero de qué estamos hablando??? Alguien que se queje de que no es capaz de hacerse respetar sino es a través de la violencia está diciendo mucho sobre sí mismo y nada bueno. No acabo de entender la motivación que lleva a toda esta gente a tener hijos. ¿Porque es lo que hay que hacer una vez que te casas? No creo que hayan pensado mucho más allá de eso. Parece increíble que haya que recordar que un hijo (un niño) es una persona y, como tal, tiene unos derechos. No es un objeto de tu propiedad, ni es tu esclavo a quien debe obediencia, ni si quiera es una mascota.

Abusar de un niño nunca jamás tiene justificación y mucho menos si esa excusa es la “educación” porque la violencia solo enseña violencia.

Declaración de Derechos Humanos
Declaración de Derechos del Niño

Cris. Educadora social especializada en atención temprana, mamá de dos y directora editorial.

Soy mami, el parto es nuestro (por Cristina Davó)

Hoy publicamos este fantástico testimonio de Cristina Davó:

Es evidente que hemos llegado hasta aquí, a través de miles de años de evolución, gracias al perfecto mecanismo que se pone en marcha desde la concepción hasta el alumbramiento. No podemos negar que somos mamíferos y que, como tales, las mujeres estamos diseñadas y preparadas para parir. Sin embargo, la llegada de la tecnología en nuestras vidas a partir del siglo XVII (hace cuatro días, como aquel que dice), ha terminado por afectar a nuestros ciclos biológicos. Y de una manera muy especial, y preocupante, al nacimiento humano y, por tanto, a la mujer. Por poner un ejemplo, el número de cesáreas en la actualidad es alarmante, según la OMS (y España va a la cabeza), de manera que una operación que debería ser salvífica (gracias al desarrollo de la medicina) se ha convertido en un acto banal, al que muchas mujeres son sometidas sin ser informadas de sus riesgos. Muchas cesáreas no están asociadas a necesidades médicas, sino a un mal entendido “parto sin problemas”. Por otro lado, también se produce un abuso de la anestesia, que solo debería usarse en caso de ser necesario y no generalmente, publicitando un parto sin dolor, porque la epidural afecta al bebé y al proceso natural de trabajo de parto para la madre. Y así, podríamos extendernos al uso de la oxitocina sintética y algunas maniobras que son peligrosas y sin embargo se practican asiduamente en los paritorios. Como también es muy dudosa la postura en la que se obliga a las mujeres a parir, pues esta no favorece el proceso sino que se ajusta a la facilidad que tendrá el obstetra para acceder al canal del parto. Y un (demasiado) largo etcétera. De tal manera que un fenómeno natural femenino que ha supuesto durante milenios la reproducción humana, se ha visto en los últimos años medicalizado e instrumentalizado hasta el extremo de que las mujeres hoy temen al parto, creen que no son capaces de dar a luz sin anestesia e incluso algunas ansían (e incluso piden voluntariamente) una cesárea. Sin embargo, en la actualidad cada vez más mujeres estamos haciéndonos conscientes de esta realidad, informándonos antes de dar a luz, algunas por desgracia traumatizadas después de un parto en el que han sido sometidas a lo que no puede denominarse de otra forma que violencia obstétrica, y se está produciendo un cambio hacia un parto más humanizado. Porque el embarazo, el parto, no son procesos patológicos y, más allá del seguimiento rutinario para comprobar que todo va bien, no deberían aplicarse técnicas invasivas si no fuese estrictamente necesario para salvaguardar la vida de la madre y/o del bebé.

Si las indicaciones del parto son buenas, la mujer parturienta solo necesita acompañamiento, que se priorice y se cuide de la vulnerabilidad psicológica del momento y se apoye el momento único y sagrado de dar a luz una nueva vida, teniendo en cuenta que tal instante sea lo menos traumático posible también para el recién nacido, dejando que el cordón umbilical siga latiendo unos minutos, sin separarlo de su madre, favoreciendo el piel con piel y el inicio inmediato de la lactancia. El bebé sabe cuándo tiene que nacer, debido a una compleja danza hormonal coordinada por la hipófisis, y la madre está, como se ha dicho, perfectamente preparada para soportar el trance. La medicalización del parto y el modo patriarcal e intervencionista que se practica interfieren en un delicado proceso biológico cuyo equilibrio afecta a numerosos aspectos de ese nuevo estado de la madre y del neonato.

Y aquí dejo la exposición teórica, creo que ha quedado bastante claro lo que quiero decir. Es un tema muy extenso que me tiene muy removida, he conocido últimamente historias espeluznantes que se producen a diario en nuestros hospitales, de mujeres que son relegadas de su propio parto y poco menos que violadas en el potro, despojadas de su dignidad y privadas de la esencia de nuestra naturaleza animal en pro de una asepsia más que discutible. No busco polémica al escribir sobre esto, estoy informada y sé lo que digo. Habrá de todo, por supuesto, pero esta es la tendencia predominante. Y cuando los colectivos sanitarios se movilizan ante la aparición de alternativas (seguras y elegidas libremente por mujeres empoderadas), es por el miedo a perder el control, a que nos demos cuenta masivamente de que el parto es nuestro.

Hace cinco meses y medio que di a luz en el hospital comarcal La Inmaculada de Huércal Overa (Almería). Llevo desde ese mismo día queriendo contar mi experiencia y agradecer el trato recibido, pero el tiempo pasa muy deprisa y se consume increíblemente con un bebé en casa. No obstante, no quiero dejar de hacerlo porque para mí sigue teniendo mucho sentido. A día de hoy estoy mucho más informada que en ese mismo momento sobre cómo debe ser un parto y sobre qué se debe esperar del personal que lo atiende, y por eso mismo he de escribir sobre esto, porque tuve la gran suerte de ser tratada en todo momento con humanidad y fui respetada en mis decisiones. En mi caso, yo no hubiera podido prescindir del hospital porque mi embarazo fue de riesgo a partir de la semana 25, tampoco es lo que quería. Pero cuando se acercaba el momento de salir de cuentas, sí estaba segura de que no quería que me indujesen el parto, ni me pusiesen epidural, quería un parto natural si fuese posible. Y así fue. Pude estar tranquila en la sala de dilatación (de pie, paseando, como me sintiese más cómoda) con mi marido hasta que llegó el momento, no se me coaccionó para tomar medicamentos, aunque se me ofreció la posibilidad, no se me trasladó al paritorio porque todo iba bien, y di a luz a mi hijo sin más mediación que la ayuda inestimable del matrón que me atendió. De inmediato me pusieron al niño sobre el pecho, dejaron el cordón hasta que el mismo papá lo cortó, me preguntaron respetuosamente si iba a darle lactancia materna y me apoyaron con las dudas y problemas que me surgieron con la misma. Estuve con mi niño encima durante dos horas y lo que pasó después, la intervención a la que tuve que someterme y que recuerdo como una tortura, nada tiene que ver con un parto no respetado. Al contrario, agradezco la preocupación de la matrona que descubrió que algo no iba bien y del ginecológo que lo solucionó, por muy doloroso que me resultase.

Este breve resumen no alcanza quizás a explicar el buen trato recibido y la profesionalidad de todo el personal de ginecología que me atendió durante el embarazo y el parto. No puedo nombrarlos porque me dejaría a alguien y porque tampoco conozco todos los nombres, pero sí conservo algunos (por haber coincidido varias veces o por su especial ocupación conmigo) y todos los rostros de aquellos que me acompañaron en esta experiencia única e inolvidable.

Aunque parezca una contradicción la primera parte de esta entrada con la segunda, no, es precisamente eso lo que pretendo expresar, que es posible conjugar el avance médico con la preservación de los procesos naturales e instintivos. Y que a veces, donde menos te lo esperas, existe un hospital respetuoso que echa abajo la mala fama alimentada por la mayoría.

Puede que ahora sea más radical que hace cinco meses, conozco otras opciones y a otras personas que han enriquecido mi visión, pero creo que si tuviera otro hijo, desearía tenerlo en el mismo hospital.

 CDR

Consecuencias de los estilos de crianza en primera persona

Un padre como protagonista para esta triste historia que nos envían a través del formulario de contacto. Nos ha parecido importante publicarla hoy. Podéis dejarnos vuestras historias sobre los padres en comentarios. Seguro que las hay de todos los colores. 🙂

El otro día, comiendo en casa de mis padres, se dio una situación “típica”: Mi hija de 9 meses echó mano a los deberes del mayor (está de exámenes y se había llevado los libros para estudiar en la sobremesa), éste le apartó con un “¡Nooo!”, ella lloró y mi padre les riñó a los dos. Me pareció absurdo que riñera a la peque porque tiene 9 meses y no me parecen modos de ponerse así con ella, pero más absurdo aún me pareció que riñera al mayor porque “¡ESAS NO SON MANERAS DE TRATAR A TU HERMANA, ¿ME HAS OÍDO? ¿A QUE TE HAGO YO A TI LO MISMO?”. No me parece muy coherente usar la violencia para exigir a un niño que no sea violento, pero es que la gestión de las conflictos no es el fuerte de mi padre… Eso me hizo remontarme a mi infancia:

Cuando era peque, en mi casa las normas sobre lo que se podía hacer y lo que no, eran muy claras. Se esperaba de mi hermana (5 años menor que yo) y de mí que fuéramos buenas al estilo que ellos entendían, que jamás hubiera nada malo que decir de nosotras por parte de los profesores, que sacáramos muy buenas notas (menos de un 8 en un examen estaba mal visto), que comiéramos siempre todo lo que se nos ponía en el plato sin protestar, que hiciéramos los deberes de forma ordenada y limpia, que jugáramos sin ensuciarnos y que nos fuéramos a la cama a las 9:30 todos los días. Teníamos marcado incluso los libros y los juguetes que nos tenían que gustar. Cuando empecé a salir con mis amigas los fines de semana más allá de la puerta de casa, la hora de vuelta era tan ridícula que muchas veces prefería no salir. El ambiente general era casi de represión.

¿Consecuencias hasta ahí? Pues sí, éramos unas niñas muy buenas que siempre podíamos recibir visitas porque no teníamos la casa desordenada ni estábamos sucias, se nos podía llevar a cualquier lado porque no montábamos pollos y podían presumir de nuestras notas.

¿Qué pasa? Pues que a un niño se le puede tener bajo presión, porque es un niño y es indefenso. Incluso a un adulto también se le puede tener bajo presión desde una posición de superioridad (un jefe, el director del banco que te tiene que conceder un crédito, etc.), pero a un adolescente… A ese no se le puede tener bajo presión porque un adolescente es como una olla express. Así que con 10-11-12 años empezaba a estar un pelín harta de que, hiciera lo que hiciera, nunca estuviera bien (y si estaba bien no recibía ningún elogio porque era “mi obligación”). Con mi madre aún conservaba, dentro de lo que cabe, un apego seguro, porque, a pesar de las broncas y de las collejas, después venía a hablar conmigo, me daba una explicación rudimentaria que consistía básicamente en que todo lo hacían por mi bien y no sabían cómo hacerlo mejor y seguíamos siendo madre e hija. Pero con mi padre no. A partir de la preadolescencia, cuando empecé a cuestionar (no ya a desobedecer abiertamente) las normas, las broncas se hicieron cada vez más violentas y, después de la tormenta, mi padre dejaba de hablarme indefinidamente hasta que yo fuera a pedirle perdón. Llegamos a estar muchos meses sin hablarnos porque a mí cada vez me costaba más pasar por el aro y pedir perdón por cosas que consideraba que no eran para tanto.

Recuerdo que un día, en el colegio, le hice un comentario a una niña sobre la bronca que habíamos tenido en casa el día anterior. La verdad es que no me acuerdo qué le dije, pero seguramente sonó horrible porque mi profesor lo oyó y llamó a mi madre preocupado. Mi madre no me dijo nada hasta un par de días después, cuando mi padre no estaba en casa y pudo hablar a solas conmigo sin que él se enterara. Me intentó convencer de que no puedo ir por ahí diciendo que mi padre me pega porque eso suena fatal, que solo me daban algún que otro tortazo de vez en cuando porque yo tenía que aprender, y que mi padre se ponía muy nervioso conmigo porque yo últimamente estaba en un plan bastante “rebelde y provocador”.

Consecuencias de todo esto: Estaba muy insegura. Con mis amigas podía tener un trato más o menos normal, pero entre gente nueva me costaba integrarme. En el instituto empecé a flaquear en las notas. Estaba harta de hacer las cosas “porque sí” y “porque lo digo yo”, no estaba cómoda y me costaba muchísimo concentrarme delante de un libro que no me interesaba para nada. Me obligaban a estudiar con amenazas de dejarme sin cenar y no acostarme hasta que me supiera la lección, fuera la hora que fuera y entramos en una espiral en el que todos íbamos acumulando cada vez más frustración.

Hoy todavía sé hacer una factorizazción de polinomios por el método Ruffini, conozco el proceso de la digestión de los caracoles y puedo recitar de memoria otro montón de gilipolleces que jamás me han servido de nada. Cuanto más me obligaban, más asqueada estaba y menos estudiaba. Cuanto menos estudiaba, más exasperaba a mi padre. En 1º de BUP empecé a fugarme de clase de vez en cuando, 2º de BUP lo repetí, en 3º de BUP dejé los estudios y, con 17 años, me fui a vivir con un capullo, que no era ni mucho menos una joya pero que aún así me pareció una liberación.

La relación de mi hermana con mis padres fue algo distintas. Tenían 5 años de margen para asimilar que la opresión a lo mejor no funcionaba como esperaban, así que a ella le dieron algo más de libertad, y tragaron, aunque no les hacía ninguna gracia, que volviera a casa a deshoras (dentro de unos límites), que se apuntara al bachillerato de arte (eso fue un dramón) o que se hiciera algún tatuaje.

 …

17 años más tarde de mis 17 años, veo las cosas desde otra perspectiva. Cinco años después de irme de casa, cuando había recuperado mínimamente la paz interior, retomé los estudios a distancia y llegué incluso a superar una diplomatura en la UNED. Sigo manteniendo relación con mi madre, a la que de vez en cuando le he podido incluso pedir ayuda con mis hijos o cuando he necesitado algo que no podía comprar, pero no somos íntimas ni nos contamos nuestras cosas. Con mi padre, en cambio, aunque sé que está de acuerdo en lo que haga mi madre conmigo, preferimos no hablarnos más de lo imprescindible. Hoy le enviaré un whatsap para felicitarle el día del padre. Hasta ahí llega nuestra relación. Cuando nos juntamos a comer en Navidad, cumpleaños, etc., la relación es tensa y sigue quedando patente de alguna manera en sus comentarios que está convencido de que la rebelde fui yo, que él fue un padre ejemplar y que si yo tengo ahora una situación económica más bien precaria es por no haberle hecho caso.

Mi hermana es ahora mismo el mayor nexo que tengo con mi familia. Ella tampoco tolera a mi padre pero sabe guardar las apariencias mucho mejor que yo, y con mi madre sí tiene bastante buena relación. Se fue de casa a los 19, pero en su caso pagada por ellos con la excusa de estudiar en otra ciudad. No acabó más que el bachillerato y actualmente vive en Alemania en un piso compartido y trabaja de camarera por un sueldo de mierda, pero no tiene la más mínima intención de volver a España. Es libre.

LA INTELIGENCIA EMOCIONAL Y EL BULLYING (ACOSO ESCOLAR), por Carolina Bello

El bullying o acoso escolar, es uno de los problemas más frecuentes, con los que tiene que bregar la institución escolar en la actualidad. Especialmente, esta problemática, es preocupante en los padres, porque se percatan del nivel de agresión y violencia que existe en los menores. Por supuesto, la víctima, es la más afectada y se detecta una necesidad de apoyo educativo desde la base de la educación: Educación Infantil y Educación Primaria.

Denominamos bullying, según Olmews (1998) a una intimidación o maltrato entre menores escolares, de una forma continua y permanente, a espaldas de los adultos, y con la terrible intención de humillar o abusar de una víctima indefensa. Suelen participar uno o varios individuos practicando agresiones verbales o sociales, a veces hasta físicas y con resultados de victimización psicológicao rechazo grupal. En estos hechos existen tres actores intervinientes: el agresor, el agredido y la audiencia. La audiencia es la que permanece en la escena del conflicto y a pesar de ser conscientes de que se está actuando mal, por miedo a represalias, entre otros factores, no denuncian o comunican este abuso y lo ignoran. Para mi este es un grupo importante, porque existen casos documentados en los que gracias a una intervención del grupo de testigos, se llegan a evitar muchos problemas más graves.

Los factores individuales como la baja autoestima o el temperamento agresivo; los factores familiares, como la falta de vínculo afectivo, el fracaso escolar o factores del mismo centro escolar como la falta de coordinación o la baja prevención del profesorado, son las diversas causas del bullying. Por eso es tan importante la aplicación de la inteligencia emocional en estos casos, ya que gracias a la habilidad para percibir con precisión, de valorar o expresar emoción; la habilidad de generar sentimientos o comprender la emoción o el conocimiento emocional; y sobretodo la habilidad para regular las emociones para promover crecimiento personal o intelectual, se lleva a la acción, se pueden evitar muchos casos de abuso y acoso escolar, ya que muchas veces es causado por un nefasto e inadecuado manejo de las emociones.

Tratado con programas de inteligencia emocional, se puede enseñar a los alumnos, métodos y estrategias de manejo y canalización de emociones, sin sentir la necesidad de utilizar la agresividad como recurso, con los otros compañeros, vistos por los agresores, como víctimas débiles. Afortunadamente existen muchos centros que ya gozan de programas de prevención de bullying, entregando a los alumnos herramientas para identificar el bullying y aprender a resolver conflictos de manera pacífica y enseñándoles a esforzarse por vivir en tolerancia y diversidad.

Se deben trabajar las cinco habilidades: las intrapersonales: autoconocimiento, manejo de emociones (autorregulación), motivación; y las interpersonales: empatía y habilidades sociales. Debemos atajar este tipo de problemas, proporcionando herramientas que resuelvan el problema desde la raíz del acoso escolar, sin castigos ni enfados que lo único que se consigue muchas veces, es gastar energía inútilmente.

Si conseguimos que los alumnos desde pequeños reconozcan las emociones, las nombren y las identifiquen, existe una probabilidad muy alta de que el bullying se reduzca o desaparezca. Si un menor, reconoce sus sentimientos, puede comenzar a manejar ese sentimiento, reduciendo o anulando la necesidad de hacer sentir mal a alguien para sobresalir ante todos y sentirse mejor que los demás.


Artículo de Carolina Bello, graduada en Educación Social, Master en Inteligencia Emocional y mamá de cuatro bellezas. Tiene su consulta en Cáceres y se desplaza periódicamente para realizar talleres de inteligencia emocional en educación: